Recuerdos Polifónicos
la palabra que se dice, el instante perfecto porque se queda en instante, porque no trasciende el tiempo, porque se pierde en el aire, el instante que grito hoy y susurro mañana, el instante que no se puede decir dos veces sin que sean dos instantes, el instante vivido dos veces sin remordimiento, es el instante sin memoria, el olvido del instante, el instante que se acaba con el último resonar del eco entre esta calle abandonada, nada.
jueves, 5 de enero de 2012
Recuerdos Polifónicos
Los finales de los días son siempre tan iguales, siempre tan distintos, es decir, hoy aquí, en mi cama, este calor, el ventilador en medio, las ventanas abiertas, casi desnudo y descobijado, la sábana blanca atravesada de aquí a allá, las manos detrás de la cabeza y sin almohada; ayer en el sofá, lloviendo, una franela y un café con leche, la televisión encendida y los reflejos psicodélicos en la pared de las escalas; anteayer caminando por esas calles cansadas de ser pisadas, tan distintas de noche mojadas y frías, tan distintas después de tres tragos y dos putas, tan distintas desde el otro lado del vidrio de un taxi que te deja apenas por dos billetes en la puerta de tu casa, pero antes de abrir la puerta algo que te hace hacer así con la cara, como haces así cuando chupas limón, algo pegajoso en ese asfalto lleno de humo húmedo y algo más, como un vaho oscuro que respiras, y justo cuando abres la puerta la sensación de ser parte de esa calle, de estar también cansado de ser pisado, de estar frio y mojado, de ser como un vaho oscuro que hace a los demás hacer así; mañana… mañana quién sabe, tal vez de nuevo en los brazos de Natalia, tal vez en otros; mañana quien sabe, tal vez de nuevo en aquellas deliciosas tertulias nocturnas, siempre nocturnas, siempre de cigarrillos, siempre de amores descoloridos, siempre de Whiskies, siempre en las rocas, siempre de recuerdos, siempre de ficciones, siempre, en fin, de literatura; mañana quien sabe, tal vez en mi cuarto, viendo transcurrir una noche fría y lluviosa, de esas que se arrastran lentas hasta las tres de la mañana entre un café bien caliente y algunos acordes de la guitarra de Noel y la voz de Lyam, porque por lo general siempre son ellos cuando llueve, y siempre llueve. Y al final las noches terminan siempre igual, en la eterna búsqueda de algo, tal vez una nostalgia, tal vez un deseo, una ausencia en todo caso que se impregna en unas cuantas líneas sobre cualquier cosa, y en todo un deje de un sabor a absurdo que te hace vomitar. Líneas en las que se permea algo de ese café y de esa lluvia al otro lado de la ventana, de esa calle pegajosa y de las tertulias y los whiskies, y a veces algo de Natalia, o de cualquier otra piel. Cada renglón destila frio, cada frase se mueve invariablemente al ritmo de Slide away o Whatever, y cada palabra se moja con la lluvia que entra por la ventana, Swamp Song, y luego se seca cuando el ventilador y las sábanas blancas. Pero queda el olor a mojado, el papel arrugado y la tinta de las letras corrida, apenas legibles, pero lo suficiente para darte cuenta que no hay punto final. Y mañana volver a comenzar, la misma alarma a la misma hora, la misma luz por la misma ventana, las mismas paredes: el mismo número, el mismo color; el mismo café con la misma leche, el mismo hola cómo amaneciste, el mismo autobús en la misma parada, las mismas personas en los mismo lugares, los mismos nombres para las mismas cosas, las mismas palabras después de los mismos silencios, el mismo tic tac del mismo reloj, la misma música y los mismos libros, los mismos cigarrillos y el mismo alcohol, la misma extraña sensación en la misma cabeza, el mismo cansancio en el mismo cuarto, y al final el mismo final: la misma ausencia de vos y el recuerdo polifónico y atorado de las mismas cosas que después de vos, con vos o sin vos, ya no son las mismas.
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